El hoyo: antropología, terror y ficción

Cómo se explica el éxito de películas como “El hoyo” en estos momentos que estamos viviendo de pandemia y confinamiento?

Desde una perspectiva de la antropología de los medios, el éxito de estas películas de terror como “El Hoyo” o “Guerra mundial Z” responde a tres factores interrelacionados:

  1. Estamos viviendo una situación análoga (confinamiento, pandemia, desaparición de un mundo tal y como lo conocemos, ruptura de nuestra cotidianidad)  de manera que estas películas nos proporcionan un espejo, nos dan una explicación y nos proporcionan una solución al conflicto. Generalmente, las películas terminan bien, con el orden reestablecido y los héroes a salvo, de manera que nos permiten trabajar con nuestras angustias y temores más profundos y un “todo acabará bien”. En el caso “el Hoyo” aparece como un final abierto a la esperanza. Luego volveré sobre ello.
  2. Las películas de terror juegan con nuestras emociones más fuertes. El miedo es una de las emociones más profundas y en épocas de confinamiento y aburrimiento, sin poder salir de casa, nos conmueven, nos hacen sentir vivos, nos generan adrenalina. Según la antropología clásica, el terror es el origen del sentimiento religioso; parte de una emoción pre-cultural vinculada al miedo y la fascinación por  lo desconocido y a la abrumadora fuerza de la naturaleza. Es el terror preternatural que invoca Lovecraft o el terror que inspira “lo santo” según Rudolf Otto. 
  3. La misma viralidad de los medios: Netflix lanza esta película, la sitúa entre las primeras del ranking de recomendaciones, como una tendencia social. La gente habla de ella, los que la han visto la recomiendan, generando un efecto viral: todos queremos opinar sobre ella, si a otros les ha gustado, a nosotros también, queremos verla para compartir, opinar, hacer memes… si no la has visto “estas fuera”… es parte de nuestra socibilidad, nos contagiamos, se hace viral,  y los medios digitales contribuyen a ello. También es un modo de hablar de lo que nos pasa a través de la película como metáfora de nuestra situación actual.

Las películas de terror articulan tres ejes culturales presentes en todo orden clasificatorio según Mary Douglas que recoge el artículo de Martin Bridgstock (1989). The Twilit Fringe-Anthropology and Modern Horror Fiction. Journal of popular culture23(3), 115.  Podemos examinar “El Hoyo” bajo esta luz.

  1. La polución: es el primer nivel del miedo a entrar en contacto con lo contaminado o susceptible de contaminar: el orden de la limpieza corporal y habitacional. Todas las culturas establecen evitar ciertos flujos corporales (sangre, saliva, semen, mocos, sudor, orina, excrementos) no siempre relacionados con creencias higienistas (evitar la sangre menstrual y no la de una herida, por ejemplo). Nuestra cultura nos dice lo que es puro y lo que es impuro; el contacto con lo impuro es una primera transgresión del orden cultural. En “El Hoyo” es el comer lo que los otros han comido, a parte de la contaminación con la sangre, o la transgresión del canibalismo.
  2. El horror: es el segundo nivel de desorden; el desorden moral, la disolución de la línea roja entre lo que es un comportamiento ético; la aparición de un comportamiento amoral. En “El Hoyo” es parte de la dinámica de grupo, que en situación de escasez, el ser humano es capaz de cualquier cosa. La razón y la cooperación fracasan ante “el instinto de supervivencia” individual. El héroe es quien mantiene su escala moral intacta.
  3.   El terror: El tercer nivel es el del desorden cosmológico; Algo perturba el orden del universo, pone en peligro el mundo tal y como lo conocemos, nuestros lugares más seguros se tambalean. El caos total se apodera del mundo… para instaurar un nuevo orden monstruoso (generalmente tiránico o inhumano). Aquí se podría hablar mucho sobre la creación de “el monstruo” (lean el artículo de Bridgstock).  Las películas sobre catástrofes abundan en este tema, pero también las de ciencia ficción como “Star Wars”. En la mayoría de las películas hollywoodienses el orden vence al caos, y el monstruo es abatido por el héroe que se sacrifica por la humanidad, que es capaz de transcender su “instinto de supervivencia”. Lo mismo sucede en “El Hoyo”, aunque no se re-establece en este caso el orden, sino que se intuye que el sacrificio del héroe dará luz a un nuevo orden, representado por la niña que emerge de las profundidades de las plataformas. En este sentido, es una película “transgresora” comparada con la mayoría de las películas americanas, ya que propone la posibilidad de trascendencia de un orden “amoral” a un nuevo orden….

En el caso que nos ocupa, podemos leer la pandemia desde esta narrativa de ficción en la que están presentes estos tres niveles: Evitar el contagio (medidas higiénicas, la mascarilla, los guantes), el desorden (el “mal”) proviene de la fuerza descontrolada de la naturaleza (el virus); que se percibe como consecuencia de un desorden moral a nivel mundial (agotamiento del planeta, efecto invernadero). Este sentimiento de culpa de haber transgredido el orden de la naturaleza que se “venga” del humano, nos impulsa a replantear nuestro orden cultural y sus supuestos, nos impulsa a la transformación social, a desearla o a soñar con otros órdenes posibles. Pero la mayor parte de las películas de ficción, los órdenes que salen de esas crisis son el mismo que había anteriormente, pero reforzado (Hollywood es muy conservador) o lo dejan abierto a una indefinida esperanza (“El Hoyo”).

 

 

¿Un mundo en común?

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Esta propuesta tiene como eje central pensar la producción cultural en relación con la creación de públicos a partir del cuestionamiento de la figura del “prosumer” o consumidor-productor y entendiendo la “cultura participativa” como continuidad de la “cultura de masas”. Sostengo que el análisis de la producción cultural en las sociedades contemporáneas, al menos desde una perspectiva social y antropológica, no puede limitarse al análisis de los medios de comunicación social y sus representaciones, sino que debe extenderse hacia la comprensión del valor que damos a la cultura como forma de relacionarnos con las personas y las cosas  y de hacer un mundo habitable.

La “cultura participativa” aparece como una ruptura y como continuidad de la “cultura de masas” en el contexto de la digitalización de los medios de comunicación social caracterizado según Jenkins por un doble proceso de convergencia entre las industrias culturales y la creación vernácula -desde abajo (grassroots), por una parte, y la convergencia de medios entre industrias culturales o del entretenimiento, las industrias de comunicación y las nuevas industrias tecnológicas, por otro. Sin embargo, hay que tener en cuenta también otro tipo de convergencia: la producción de objetos digitales como bienes de consumo y como bienes culturales. Según Hannah Arendt, la sociedad de masas no quiere cultura sino entretenimiento, y las industrias culturales son parte de este engranaje que extrae de los bienes culturales productos para el consumo. Esta producción cultural para el consumo se diferencia de la producción de bienes culturales en que estos últimos trascienden las necesidades y funciones de la vida (comer, dormir, entretenerse), para generar contextos de vida; es decir, formas de relacionarnos con las personas y las cosas del mundo. ¿Cómo se articula esta última convergencia en la “cultura participativa” post-digital?

La llamada a lo post-digital  nos incita a pensar la materialidad digital como continuidad y no tan solo como ruptura, poniendo el acento en las relaciones y no solo en la tecnología, en la improvisación más que en la innovación, en lo cotidiano más que en la utopía, en nuevas diferencias y desigualdades más que en las promesas democratizadoras de la cultura digital. El post- nos lleva a un “después que”  en el que la “revolución digital” ya se ha producido y no era cómo esperábamos.

Imágen de la justicia

Navegando por Internet he encontrado esta imagen de la justicia; no lleva los ojos vendados, símbolo de su imparcialidad, sino unas gafas de realidad virtual.

Con ellas, no solo pierde su imparcialidad a la hora de resolver una controversia, hecho o caso, sino que juzga a partir de los datos que le proporciona una realidad hecha a medida.

Quien tiene la capacidad de construir esa virtualización de lo real, tiene el poder de imponer su relato, sencillamente, porque con esas gafas, la señora justicia solo tiene que dar crédito a lo que ve, porque lo que ve se le aparece como la única realidad posible. Por tanto, la balanza que simboliza la consideración objetiva de los argumentos de las partes enfrentadas, se decanta hacia la visión de quien haya codificado su programa.

 

Mañana puedes ser tu

El documental me ha removido por dentro. A mi pesar, creo sinceramente que España está sufriendo un retroceso democrático que revela una estructuras de poder franquistas que no se disolvieron en la transición política, entre ellas, el Tribunal de Orden Público, creado para perseguir los delitos políticos, y el Ministerio de Información y Turismo, encargado de controlar la información, la censura de prensa y de radio. Cualquier opinión o expresión artística debía pasar antes de su exhibición por una censura previa para asegurar que sus contenidos no eran contrarios al gobierno y a su ideología. Cualquier persona que se manifestara en contra del gobierno o su ideología podía ir a parar al TOP, luego reconvertido en Audiencia Nacional, y en el cual siguieron muchos de los jueces franquistas de entonces.

El documental “Tijera contra papel” (2018) de Gerard Escuer muestra la reaparición de una represión ideológica por parte del Estado por vía judicial: eso es la judicialización de la política; la conversión de la disidencia política en un delito tipificado bajo la rúbrica de “terrorismo” o delito contra el Estado. Es el caso de los raperos que hemos visto en el docu, pero también, como he intentado explicar, el caso de líderes de movimientos sociales en el caso catalán. Se trata de la tipificación de la protesta ciudadana como delito de “rebelión”, así como la tipificación de un delito de “violencia” las “miradas de odio” de los manifestantes contra la policía que los golpeaba durante el referendum de autodeterminación celebrado en Catalunya el 1 de Octubre de 2017. Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, líderes de movimientos sociales, son acusados de sedición y rebelión por alentar a las masas a manifestarse pacíficamente contra aquello que no consideran justo (una orden judicial de registro a las dependencias de la Generalitat el 20 de Septiembre de 2017).

Entonces, cuando esto sucede en tu país, primero no te lo crees. No se trata de una burda represión policial o incluso de recurrir a al asesinato más vil de la disidencia por parte de cuerpos policiales o paramilitares, sino de que el poder judicial se convierte en una farsa al entender como delito cosas que antes (en la democracia) no lo eran…  como una manifestación callejera, una canción o una función teatral (y que si eran susceptibles de represión o censura durante el franquismo). Tipificar una canción como delito de “enaltecimiento del terrorismo”, condenar a una persona por un tuit hecho en broma, encausar a un payaso por ponerse al lado de la Guardia Civil con su nariz roja… o llegar a pedir 27 años de cárcel para líderes de movimientos sociales acusados de “golpistas” por llamar a manifestarse y a la desobediencia civil…. parecía impensable tan solo hace unos años. ¿Cómo está sucediendo? Es de suponer que existe una censura cuando la mayor parte de la prensa y los medios de comunicación nacionales aplauden de manera monocromática estas medidas, y se tienen indicios de que hay presiones, quejas, despidos y alguna ruina de carreras profesionales por su opinión incómoda. No estamos tan mal como en otros países, se puede decir,  en España no hay actualmente terrorismo de Estado, por suerte, aunque haya cloacas. Nadie puede justificar un asesinato. Pero si se puede justificar tranquilamente una condena de 27 años en un juicio aparentemente justo. De ahí la idea de que la judicialización del conflicto político no pone en cuestión la legitimidad del procedimiento. Pero el uso y abuso del poder judicial también corrompe a la democracia y pervierte la razón.

Entonces mi razonamiento es que la persecución judicial a raperos, titiriteros, tuiteros y lideres sociales no pueden considerarse cuestiones separadas, ya que la represión ideológica actual nos atañe a todas. “Mañana puedes ser tu”. La censura en el Estado español se extiende tanto a la izquierda como hacia la derecha que no conviene (aunque no se toca la derecha más fascista y reaccionaria); y se apunta y criminaliza tanto a los anarquistas obreros, como a los artistas raperos o a los burgueses capitalistas que sueñan con un futuro más próspero. Es decir, no importa que una causa nos pueda caer más o menos simpática, la represión política se extiende hacia cualquier tipo de disidencia, a través del control de la violencia policial y del uso del poder judicial, que, junto con la censura política, operan para ocultar, distorsionar o falsear la información de manera que se ajuste a “la realidad” que se fabrica y se pueda condenar a los “culpables” de disidencia bajo un manto de una justicia “justa y legítima” y en base a un consenso social amplio. La Audiencia Nacional se ha encargado tanto del caso de los raperos, de los tuiteros y de los titiriteros como de los líderes sociales y políticos independentistas, y recordemos que es un tribunal que procede directamente del TOP.

Si esta legitimación de la represión ideológica se extiende, la democracia a mi entender, corre peligro, y cualquier forma de expresión de ideas o valores puede convertirse en delito si no gusta… ¿A quién? A los que no se toca… busquemos a aquellos cuya ideología y acción política no haya sido cuestionada por la judicatura… aunque también haya hecho manifestaciones tumultuarias, cantado canciones directamente fascistas, amenazado a personas y colectivos en “broma”, etc.  Hay una parte de la actividad política que no ha sido criminalizada y goza de buena salud ¿Y cuál es esa? Lo dicho. Se trata solo de aplicar una observación empírica. Ir a los hechos.

 

 

¿Eliminar a Caperucita Roja?

Había una vez, en una escuela de Barcelona, unos padres y madres preocupados por la educación sexista de sus hijos e hijas que decidieron revisar en clave de género los cuentos que la escuela tenía en su biblioteca. La comisión finalizó su escrutinio aconsejando retirar un 30% de los libros por sexistas (unos 200) y advirtiendo que al menos un 60% de los restantes tenía algún estereotipo de género. Entre los cuentos retirados de la lectura infantil estaba el de La Caperucita Roja.

Aquí una de las noticias aparecidas en prensa sobre el asunto:
Retiran de una escuela pública ‘La Caperucita Roja’ por “sexista”

Mi primera reacción es calcular… el 90% de los libros de esa -o cualquier otra biblioteca infantil- reproducen estereotipos de género. Es decir, podemos deducir que solo un 10% de los relatos promueven una educación igualitaria. Pocos.

Mi segunda reacción es preguntarme porqué esta noticia ha escandalizado a muchos y muchas entendiendo esta medida -retirar los libros más sexistas- como una “tontería” o directamente como una censura, un ataque a la libertad de expresión o incluso como una cruzada contra la literatura universal. Si tuviéramos que eliminar el contenido sexista de la literatura, nos quedaríamos prácticamente sin ella, ya que en la mayoría de las “grandes obras” de la literatura de todos los tiempos podemos encontrar estereotipos de género, sexismo, machismo declarado, e incluso pederastia, y cosas peores.  La solución, se comenta, no es eliminar estos clásicos de la literatura, sino que los niños los aprendan a leer de una forma crítica.

Parece lógico pensar que hay que educar a los niños y niñas con una mirada crítica, ya que es imposible barrer de un plumazo siglos de literatura con contenido sexista. Y por otra parte, aunque lo lográramos, siguen ahí la publicidad -con claros ejemplos de sexismo, y la vida misma, con nuestras formas de relacionarnos, en su mayoría marcadas por relaciones de género desiguales. Entonces, más que eliminar los relatos sexistas, se trataría de educar en la igualdad de género a través de cultivar una mirada crítica. Razonable.

Sin embargo, cabe decir que esas mamás y papás de la historia lo que proponen es limitar el acceso a la lectura de esos cuentos infantiles a los menores de 7 años en el colegio, lo cual no significa censurar toda la literatura universal para todas las edades.  La noticia llama nuestra atención hacia la responsabilidad de la escuela de educar en la igualdad de género a los más pequeños a través de la lectura o el relato oral. Entonces, más que escandalizarse, se trata de analizar el asunto.

Una cuestión reside en la capacidad que le otorgamos a estos relatos de conformar el universo infantil. Suponemos que si ya desde pequeños leemos estos relatos sexistas, aprendemos con ellos una determinada manera de ordenar y valorar el mundo. Los cuentos son nuestros mitos, y los mitos son estructurantes de la imaginación y por tanto, también de la realidad; los cuentos nos enseñan los límites de lo posible y lo pensable, de lo bueno y de lo malo. Hay quien argumenta que los mitos no nos calan tanto, y que aunque haya violencia en las películas, eso no quiere decir que enseñemos a los niños y niñas a ser violentos, o que vayan a reproducir esos comportamientos que ven en la televisión y ahora en Netflix o YouTube. No se trata tanto de llegar a reproducir o imitar esos comportamientos, sino de aceptar o cuestionar sus legitimidades, sus razones, sus argumentos. Los mitos nos piensan y son buenos para pensar.

¿En qué sentido es sexista el relato de Caperucita?

La Caperucita Roja proviene de una tradición oral europea que remonta más allá del siglo XVII cuando Perrault la fija en la escritura, incluyéndola en un volumen de cuentos para niños (1697).  Según la Wikipedia,  inicialmente era una leyenda cruel, que incluía canibalismo y sexo forzado, destinada a prevenir a las niñas de encuentros con desconocidos, y cuyo ámbito territorial no iba mucho más allá de la región del  Loira. Los hermanos Grimm lo transforman un poco y le añaden un final feliz, con la aparición del buen cazador, que libera a Caperucita y resucita a la abuela, que es la versión más extendida. Veamos. El cuento muestra un ejemplo de sororidad entre mujeres de tres generaciones que se cuidan y se quieren,  aunque bien es cierto que la figura femenina aparece como inocente y desvalida a la merced de predadores, hombres-lobo sin escrúpulos, o de salvadores y buenos samaritanos; el cuento también puede entenderse como una iniciación a la sexualidad adecuada o como un rapto y una violación. Sin duda, el contexto es el de una sociedad patriarcal en el cual una mujer sola siempre está en riesgo. Muy actual.

Curiosamente, Disney no ha llevado al cine este relato, quizás por su crudeza original, difícil de endulzar, pero se ha contado a lo largo de muchos años y realizado muchas versiones, incluso mangas japoneses. Entonces,, ¿se trata de eliminar el cuento… o de versionarlo, adaptándolo a un tratamiento más actual e igualitario? Podemos crear otras versiones donde el lobo sea bueno o la Caperucita una karateca… ¿Cuáles son las soluciones que podemos ofrecer a nuestras hijas e hijos ante la eventualidad de un lobo con piel de cordero?

¿Es importante mantener la tradición, el vínculo con la cultura popular europea en este nuevo siglo? Quizás sí, pero no necesariamente toda. Puesto que esta historia ya no tiene mucho sentido, es cruel y refuerza estereotipos, pues, nada, a olvidarla, como ya ha pasado con otros muchos cuentos.  ¿Por qué conservar algo que nos hiere? ¿Por qué darlo a pensar a los niños, si ya no le tenemos ningún apego? ¿Si pensamos que no hay nada bueno que aprender de ella? Vinculada a estas cuestiones esta el tema de la tradición. La idea de inmovilidad de la tradición. Eliminando el cuento para nuestros niños, rompemos con la tradición y con ello, el vínculo de las futuras generaciones con el pasado, con una mitologia con la cual crecimos. La cuestión es si olvidándola podemos contribuir de hecho a cambiar con ello nuestra realidad inmediata, que sigue siendo patriarcal y machista, o inventaremos nuevas caperucitas…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Virtual y real: Los límites de la subjectividad?

Nuevo debate post-traumático en la Sala Beckett:

Somos sujetos porque tenemos conciencia de nuestras acciones y experiencias; para Descartes, este es un rasgo característico de la especie humana, pero para Foucault, es un efecto de poder y de las disciplinas del yo, y en todo caso, el concepto aparece en periodo histórico y contexto cultural específico de los humanos. En esta sesión proponemos una ficción especulativa: en un mundo donde los robots, la realidad virtual y la realidad aumentada forman parte de todos los aspectos de la vida cotidiana, las nuevas generaciones han dejado de distinguir entre lo virtual y lo real. Convocamos a tres expertos en el estudio de la conciencia y de las emociones -un sociólogo, una neurocientífica y un filósofo de la ciencia- para analizar las consecuencias que esto podría tener para el futuro de la especie humana, en la percepción de nuestro cuerpo y en la construcción de nuestra subjetividad.

Intervienen:
Francesc Núñez, Joan Llobera y Jordi Vallverdú

Modera:
Elisenda Ardevol

Fecha: 05/02/2019
Horario: A las 19h
Duración: 1h 30 min
Espacio: Sala de baix
Precio: 3€ | Personajes de la Beckett y Comunitat UOC gratuito

Realidad y ficción: Una frontera cultural?

Hay que seguir… y seguiremos este nuevo año con una propuesta de colaboración entre mediacciones y Sala Beckett: teatro y antropología en un ciclo dedicado a la relación entre realidad y ficción en la contemporaneidad.

El dia 22 de Enero, a las 19 horas en la Sala Beckett, dialogaremos con Albert Sánchez-Piñol, quien más sabe de estas cosas; como antropólogo y escritor!

Toda sociedad se edifica sobre determinados imaginarios. El escritor es como el chamán, viaja fuera de su cuerpo, observa otras realidades, otros imaginarios y vuelve para explicarlo. Al introducir la fantasía, la ficción va más lejos que la realidad y puede decir verdades que los discursos de lo que es real esconden. El antropólogo, como el escritor, indaga en los imaginarios que mueven nuestras realidades.

¿La diferencia entre realidad y ficción se da en todas las culturas? ¿Qué aportan la antropología y la literatura a la comprensión crítica del mundo contemporáneo, de la postverdad y de la lucha por el relato, por el control del imaginario?

Albert Sánchez Piñol es antropólogo y escritor. Especializado en estudios de África, hizo trabajo de campo en el Congo, y en el marco de estas experiencias escribió su ensayo Pallassos i monstres (2000) sobre ocho dictadores africanos, y dos de sus primeras novelas, La Pell Freda (2002) y Pandora al Congo (2005), donde explora la relación de Occidente con el otro y la dimensión onírica de los procesos coloniales. Después de iniciarse en el género de las narraciones cortas con Tretze tristos tràngols, escribió Victus (2012), su primera novela en castellano y de género histórico, donde narra la historia de Martí Zuviría como ayudante de Antoni de Villarroel durante la Guerra de Sucesión, que continuará con Vae Victus (2015) por tierras americanas.

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Realidad y ficción: una frontera cultural?

Ciclo Nada es mentira: jóvenes y ficción en tiempos digitales