Eliminar a Caperucita Roja?

Había una vez, en una escuela de Barcelona, unos padres y madres preocupados por la educación sexista de sus hijos e hijas que decidieron revisar en clave de género los cuentos que la escuela tenía en su biblioteca. La comisión finalizó su escrutinio aconsejando retirar un 30% de los libros por sexistas (unos 200) y advirtiendo que al menos un 60% de los restantes tenía algún estereotipo de género. Entre los cuentos retirados de la lectura infantil estaba el de La Caperucita Roja.

Aquí una de las noticias aparecidas en prensa sobre el asunto:
Retiran de una escuela pública ‘La Caperucita Roja’ por “sexista”

Mi primera reacción es calcular… el 90% de los libros de esa -o cualquier otra biblioteca infantil- reproducen estereotipos de género. Es decir, podemos deducir que solo un 10% de los relatos promueven una educación igualitaria. Pocos.

Mi segunda reacción es preguntarme porqué esta noticia ha escandalizado a muchos y muchas entendiendo esta medida -retirar los libros más sexistas- como una “tontería” o directamente como una censura, un ataque a la libertad de expresión o incluso como una cruzada contra la literatura universal. Si tuviéramos que eliminar el contenido sexista de la literatura, nos quedaríamos prácticamente sin ella, ya que en la mayoría de las “grandes obras” de la literatura de todos los tiempos podemos encontrar estereotipos de género, sexismo, machismo declarado, e incluso pederastia, y cosas peores.  La solución, se comenta, no es eliminar estos clásicos de la literatura, sino que los niños los aprendan a leer de una forma crítica.

Parece lógico pensar que hay que educar a los niños y niñas con una mirada crítica, ya que es imposible barrer de un plumazo siglos de literatura con contenido sexista. Y por otra parte, aunque lo lográramos, siguen ahí la publicidad -con claros ejemplos de sexismo, y la vida misma, con nuestras formas de relacionarnos, en su mayoría marcadas por relaciones de género desiguales. Entonces, más que eliminar los relatos sexistas, se trataría de educar en la igualdad de género a través de cultivar una mirada crítica. Razonable.

Sin embargo, cabe decir que esas mamás y papás de la historia lo que proponen es limitar el acceso a la lectura de esos cuentos infantiles a los menores de 7 años en el colegio, lo cual no significa censurar toda la literatura universal para todas las edades.  La noticia llama nuestra atención hacia la responsabilidad de la escuela de educar en la igualdad de género a los más pequeños a través de la lectura o el relato oral. Entonces, más que escandalizarse, se trata de analizar el asunto.

Una cuestión reside en la capacidad que le otorgamos a estos relatos de conformar el universo infantil. Suponemos que si ya desde pequeños leemos estos relatos sexistas, aprendemos con ellos una determinada manera de ordenar y valorar el mundo. Los cuentos son nuestros mitos, y los mitos son estructurantes de la imaginación y por tanto, también de la realidad; los cuentos nos enseñan los límites de lo posible y lo pensable, de lo bueno y de lo malo. Hay quien argumenta que los mitos no nos calan tanto, y que aunque haya violencia en las películas, eso no quiere decir que enseñemos a los niños y niñas a ser violentos, o que vayan a reproducir esos comportamientos que ven en la televisión y ahora en Netflix o YouTube. No se trata tanto de llegar a reproducir o imitar esos comportamientos, sino de aceptar o cuestionar sus legitimidades, sus razones, sus argumentos. Los mitos nos piensan y son buenos para pensar.

¿En qué sentido es sexista el relato de Caperucita?

La Caperucita Roja proviene de una tradición oral europea que remonta más allá del siglo XVII cuando Perrault la fija en la escritura, incluyéndola en un volumen de cuentos para niños (1697).  Según la Wikipedia,  inicialmente era una leyenda cruel, que incluía canibalismo y sexo forzado, destinada a prevenir a las niñas de encuentros con desconocidos, y cuyo ámbito territorial no iba mucho más allá de la región del  Loira. Los hermanos Grimm lo transforman un poco y le añaden un final feliz, con la aparición del buen cazador, que libera a Caperucita y resucita a la abuela, que es la versión más extendida. Veamos. El cuento muestra un ejemplo de sororidad entre mujeres de tres generaciones que se cuidan y se quieren,  aunque bien es cierto que la figura femenina aparece como inocente y desvalida a la merced de predadores, hombres-lobo sin escrúpulos, o de salvadores y buenos samaritanos; el cuento también puede entenderse como una iniciación a la sexualidad adecuada o como un rapto y una violación. Sin duda, el contexto es el de una sociedad patriarcal en el cual una mujer sola siempre está en riesgo. Muy actual.

Curiosamente, Disney no ha llevado al cine este relato, quizás por su crudeza original, difícil de endulzar, pero se ha contado a lo largo de muchos años y realizado muchas versiones, incluso mangas japoneses. Entonces,, ¿se trata de eliminar el cuento… o de versionarlo, adaptándolo a un tratamiento más actual e igualitario? Podemos crear otras versiones donde el lobo sea bueno o la Caperucita una karateca… ¿Cuáles son las soluciones que podemos ofrecer a nuestras hijas e hijos ante la eventualidad de un lobo con piel de cordero?

¿Es importante mantener la tradición, el vínculo con la cultura popular europea en este nuevo siglo? Quizás sí, pero no necesariamente toda. Puesto que esta historia ya no tiene mucho sentido, es cruel y refuerza estereotipos, pues, nada, a olvidarla, como ya ha pasado con otros muchos cuentos.  ¿Por qué conservar algo que nos hiere? ¿Por qué darlo a pensar a los niños, si ya no le tenemos ningún apego? ¿Si pensamos que no hay nada bueno que aprender de ella? Vinculada a estas cuestiones esta el tema de la tradición. La idea de inmovilidad de la tradición. Eliminando el cuento para nuestros niños, rompemos con la tradición y con ello, el vínculo de las futuras generaciones con el pasado, con una mitologia con la cual crecimos. La cuestión es si olvidándola podemos contribuir de hecho a cambiar con ello nuestra realidad inmediata, que sigue siendo patriarcal y machista, o inventaremos nuevas caperucitas…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Virtual y real: Los límites de la subjectividad?

Nuevo debate post-traumático en la Sala Beckett:

Somos sujetos porque tenemos conciencia de nuestras acciones y experiencias; para Descartes, este es un rasgo característico de la especie humana, pero para Foucault, es un efecto de poder y de las disciplinas del yo, y en todo caso, el concepto aparece en periodo histórico y contexto cultural específico de los humanos. En esta sesión proponemos una ficción especulativa: en un mundo donde los robots, la realidad virtual y la realidad aumentada forman parte de todos los aspectos de la vida cotidiana, las nuevas generaciones han dejado de distinguir entre lo virtual y lo real. Convocamos a tres expertos en el estudio de la conciencia y de las emociones -un sociólogo, una neurocientífica y un filósofo de la ciencia- para analizar las consecuencias que esto podría tener para el futuro de la especie humana, en la percepción de nuestro cuerpo y en la construcción de nuestra subjetividad.

Intervienen:
Francesc Núñez, Joan Llobera y Jordi Vallverdú

Modera:
Elisenda Ardevol

Fecha: 05/02/2019
Horario: A las 19h
Duración: 1h 30 min
Espacio: Sala de baix
Precio: 3€ | Personajes de la Beckett y Comunitat UOC gratuito

Realidad y ficción: Una frontera cultural?

Hay que seguir… y seguiremos este nuevo año con una propuesta de colaboración entre mediacciones y Sala Beckett: teatro y antropología en un ciclo dedicado a la relación entre realidad y ficción en la contemporaneidad.

El dia 22 de Enero, a las 19 horas en la Sala Beckett, dialogaremos con Albert Sánchez-Piñol, quien más sabe de estas cosas; como antropólogo y escritor!

Toda sociedad se edifica sobre determinados imaginarios. El escritor es como el chamán, viaja fuera de su cuerpo, observa otras realidades, otros imaginarios y vuelve para explicarlo. Al introducir la fantasía, la ficción va más lejos que la realidad y puede decir verdades que los discursos de lo que es real esconden. El antropólogo, como el escritor, indaga en los imaginarios que mueven nuestras realidades.

¿La diferencia entre realidad y ficción se da en todas las culturas? ¿Qué aportan la antropología y la literatura a la comprensión crítica del mundo contemporáneo, de la postverdad y de la lucha por el relato, por el control del imaginario?

Albert Sánchez Piñol es antropólogo y escritor. Especializado en estudios de África, hizo trabajo de campo en el Congo, y en el marco de estas experiencias escribió su ensayo Pallassos i monstres (2000) sobre ocho dictadores africanos, y dos de sus primeras novelas, La Pell Freda (2002) y Pandora al Congo (2005), donde explora la relación de Occidente con el otro y la dimensión onírica de los procesos coloniales. Después de iniciarse en el género de las narraciones cortas con Tretze tristos tràngols, escribió Victus (2012), su primera novela en castellano y de género histórico, donde narra la historia de Martí Zuviría como ayudante de Antoni de Villarroel durante la Guerra de Sucesión, que continuará con Vae Victus (2015) por tierras americanas.

+ info:

Realidad y ficción: una frontera cultural?

Ciclo Nada es mentira: jóvenes y ficción en tiempos digitales 

 

 

Por qué seguir?

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Hace tiempo que voy escribiendo de forma esporádica en este blog, que empezó siendo un “divertimento” al que me impulsaron mis estudiantes más avezados y avanzados en medios sociales. En principio era un espacio para dialogar con ellos sobre nuestras cosas, un diálogo a la vez abierto al mundo, porque escribir para todas es mejor que escribir para una.

Además, y ahora lo veo releyendo a Warner (Publics and counterpublics, 2002) , el blog significaba crear un espacio discursivo personal y a la vez público, una de las invenciones culturales de la modernidad, la esfera pública, al alcance de todas. Un hito cultural de la “revolución web 2.0”. (Por cierto, existe una traducción al castellano del libro de Warner en el macba).

La cuestión de la audiencia no ha sido tratada en profundidad desde la antropología, más preocupada en generar conocimiento que en reflexionar cómo lo construye. Los aspectos discursivos y textuales que lo moldean y lo materializan fueron/son problematizados en el momento de la “crisis de la representación”, cuando se piensa la etnografía como texto, pero aún así, se analizan los efectos de representación y sus retórica “en el texto”, pero no en sus relaciones con la audiencia.

Desde la antropología de los medios, la audiencia ha sido  tratada como un concepto problemático, precisamente porque sabemos que la audiencia no es nadie en concreto y puede ser cualquiera que se asome a un texto. Es decir, la audiencia no encarna necesariamente a nadie pre-existente, sino que se concibe como una entidad abstracta a partir de la cual se teoriza sobre la  recepción de una obra o bien responde a una entidad numérica concreta: el número de espectadores de determinado evento o show, y a partir de la cual se justifica su éxito y su valor publicitario.

Por eso me pareció relevante el aporte de Warner sobre audiencia, un público, el público y lo público. La relación entre público y publicación como puesta en circulación de un texto.  Así pues, tenía este blog una audiencia concreta (mi gente, mis interlocutores doctorandos y estudiantes que ahora ya están muy lejos y siguen volando); luego vinieron otros lectores (¡bienvenidos!) que ingresaron en la audiencia concreta de este artefacto (lectores amigos, colegas y también algunas desconocidas interesadas en lo que promete este blog: una antropología de los medios). Algunos de estas lectoras y lectores, además, se supone que reciben una notificación cada vez que se me ocurre publicar algo, y así quizás reclamar su atención (¡pobrets!).  Entonces, ya se genera un público “auto-organizado” al rededor del blog que se materializa en una audiencia identificada y en una audiencia potencial inespecificada (cada una que llega o podría llegar al blog por curiosidad o contingencia).

Quizás la pregunta no es por qué seguir escribiendo en este blog, sino para qué seguir escribiendo aquí. Se ve pues que estoy en mi propia y particular “crisis de la representación”.

Hace tiempo que este blog es un espacio para “mis caprichos”, ya no pretendo ser “profesional”, ni  impartir ninguna enseñanza… Sirve para pensar en voz alta, algunas cosillas, difundir noticias, compartir información, etc. sobre la antropología de los medios, aunque cuando me concierne, escribo sobre las cosas que me interesan, me chocan, me preocupan o me pasan, como es  el uno de octubre en Barcelona, el desembarco de los piolines o la edición del libro sobre Digital Materiality, con Sarah y con Débora. Escribo cuando me apetece, cuando siento que hay algo que me llama a hacerlo, cuando tengo tiempo o algo que decir “desde dentro” y “hacia afuera” … en relación o en diálogo personal interior desde la antropología de los medios (de alguna manera).

Ayer fui a ver una buena película en Quito, en el cine OchoyMedio, un cine que se me aparece precioso, adorable, amable, y también con un toque de capricho. Quizás es lo que tiene Quito, ¿una ciudad muy caprichosa o llena de caprichos? Total, en ese particular y amoroso cine, se presentó la película ecuatoriana Agujero Negro. Estaban allí su director Diego Araujo y co-guionsita y productora Hanne-Lovise Skartveit, y al final de la película estuvieron dialogando con el público. Yo estaba entre el público constituido alrededor de la película, esa noche, en el ochoymedio. Y me sentí parte de cierta intelectualidad quiteña, parte del púbico que ama el cine (y particularmente esa sala de cine), parte de la humanidad, parte de los seres vivos del planeta y del universo.

Yo creo que hace tiempo decidí seguir adelante con este blog por lo que me une a él como espacio de nosequé que me conecta con nosequé, pero que para mi tiene vida. Y decido ahora seguir este blog. Seguir adelante, intermitentemente vivo… quizás precisamente por su valor como espacio constituido (con esfuerzo) de público-personal desde el que escribo cada uno de sus posts. De momento, va a seguir abierto al mundo (Hello World!) porque a veces me gusta recuperarlo y escribir alguna pendejada que me sucede “desde dentro” y “hacia fuera” (hay que ver la película “Agujero negro” para comprender ese movimiento).

En fin, seguimos!

 

 

 

 

Los estereotipos no mienten

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El estereotipo es un atajo para describir el todo por la parte. En si mismos no son falsedades, sino que están basados generalmente en observaciones que se pueden comprobar o que se corresponden con nuestra percepción de la realidad según nuestras convenciones sociales. Los estereotipos sirven para caracterizar un colectivo o un grupo social, o una identidad cultural; Los gitanos respetan a sus mayores, los hipsters son veganos, los millennials son narcisistas, y así. Estos rasgos se entresacan de muchos otros posibles para definir a estos colectivos, generalmente frente a otros colectivos dónde estos rasgos no se consideran como significativos, y por eso se entresacan para su caracterización e identificación. Si vemos a un joven tomarse una selfie, decimos que es lógico, o lo vemos como un comportamiento esperado, porque son millennials y sabemos que los millennials son narcisistas, y por tanto nuestra observación confirma el estereotipo. Así es como un rasgo conjunto de rasgos nos sirven para identificar un colectivo, esto es una parte -erigida en rasgo- nos remite al todo y lo define.

El paso siguiente es otorgar a ese rasgo un valor moral o tonalidad positiva o negativa. Que los gitanos respeten a sus mayores es un estereotipo positivo, porque desde nuestros valores, el respetar a los mayores también tiene una carga positiva, mientras que los millennials sean narcisistas es entonces un estereotipo negativo, porque en nuestra escala de valores el narcisismo es considerado un vicio de autocomplacencia, más que una virtud de autoestima. Es decir, valoramos ese rasgo en función de nuestras propias creencias y escala de valores, independientemente del porqué los gitanos respetan a sus mayores o porqué los millennials se hacen selfies entre otras muchas cosas.

El paso siguiente es el prejuicio, es decir, si caracterizamos a alguien como millennial ya le estamos adjudicando que “de natural” llevará consigo ser narcisista y seguro que se hará muchas selfies, sin necesidad de comprobar o constatar que la persona en cuestión se haga realmente muchos selfies o sea verdaderamente “narcisista”.  De este modo, el prejuicio refuerza el estereotipo sin que necesariamente el caracterizado cumpla con él o muestre ese rasgo activamente, “se le supone” por defecto.

Finalmente, si se constata que ese individuo no se conforma a los rasgos del estereotipo, se le excluye del colectivo o se le señala como una “excepción” que confirma la regla. Si esa persona resulta que no se hace selfies, es porque no es un verdadero millennial, o se trata de un millennial excéntrico, un ejemplar “raro” que escapa a la normalidad de los millennials, pero no se pone en duda el estereotipo.

En esta inversión argumental se produce un cambio en la categoría, que pasa de descriptiva a normativa.

Es más fácil construir estereotipos que desmontarlos. Una vez armados, los estereotipos se hacen fuertes gracias al prejuicio y la excepción. Son resistentes precisamente porque están basados en la comprobación empírica, en como las cosas son.

Los estereotipos no mienten y no son necesariamente falsos o arbitrarios, suelen responder a hechos comprobables y funcionan como sistemas de clasificación de la realidad; son una forma de articular nuestro sentido común. Pero cómo escogemos estos rasgos de exclusión e inclusión tiene consecuencias sociales muy difíciles de desmontar, y alambicados con el prejuicio y la excepción pueden llevarnos por caminos de estigmatización de colectivos y personas.

Una solución es poner atención a nuestros órdenes clasificatorios y complejizar la realidad; deshacer los atajos. Reconocer que, en el origen, no está el hecho observado, sino nuestra forma de clasificar lo que observamos como hecho.

Elisenda Ardévol y Nora Muntañola (2004) Representación y cultura audiovisual en la sociedad contemporánea.

Foto de la autora, Tailandia, 2017

 

 

 

 

Leyendo a Arendt: la tozudez de los hechos frente a la imaginación política

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Hace tiempo que lo que pasa en mi país se me hace tan chocante que no puedo interpretar los hechos con la pasión por la integridad intelectual a cualquier precio que debería. Hannah Arendt nos dice que en los países que tienen gobiernos constitucionales, el campo político reconoce que, incluso en caso de conflicto, está muy interesado en la existencia de hombres y mujeres e instituciones sobre los cuales no pueda ejercer su poder; estas instituciones son principalmente la justicia, los medios de comunicación y la universidad. Nos dice: “si la prensa llegara alguna vez a convertirse en el ‘cuarto poder’ tendría que ser protegida del poder gubernamental y de la presión social incluso con mayor cuidado que el poder judicial” (p.76).  La realidad que observamos estos días es bien diferente.

En estos momentos, los hechos no se interpretan; se niegan, se inventan o se profetizan. Los medios mayoritarios son voceros del gobierno del Estado que anuncian lo que va a pasar, las decisiones que tomará la justicia, el curso que tomarán los acontecimientos. Es interesante leer las reflexiones de Arendt sobre los Documentos del Pentágono sobre la guerra del Vietnam porque analiza precisamente las maniobras del poder político para, por una parte, convencer a su población de la bondad de las acciones del gobierno para “lograr que el pueblo de Vietnam del Sur pueda determinar su futuro”…, y por otra, cuando vieron que no podían obtener una victoria clara, dirigieron sus esfuerzos hacia “convencer al enemigo que no podía ganar”. Según Arendt, este doble movimiento responde a el miedo obsesivo al impacto de la derrota sobre la reputación de los Estados Unidos y de su presidente. Los asesores del gobierno, sus think tank, mintieron a la población por culpa de un “errado patriotismo”; mintieron no tanto por su país como por la “imagen” de su país. Experimentaron con la tentación de que la realidad encajara en su teoría. Entonces, la divergencia fue total entre los hechos y las premisas, teorías e hipótesis según las cuales se tomaron las decisiones. El desprecio a la realidad era inherente a esta política y a los objetivos mismos.  Se ignoraron los crudos y tozudos hechos. Y sigue: “Los resultados de tales experimentos, cuando son llevados a cabo por quienes poseen los medios para la violencia son terribles, pero el engaño perdurable no figura entre sus logros” (p.91).

Resumiendo: “Las modernas mentiras políticas son tan grandes que exigen la reorganización de toda la estructura de los hechos -la construcción de otra realidad, por así decirlo, en la que dichas mentiras encajen sin dejar grietas, brechas ni fisuras, tal y como los hechos encajaban en su contexto original-, ¿qué es lo que impide que esos nuevos relatos, imágenes y hechos que no han ocurrido se conviertan en el sucedáneo apropiado de la realidad y de lo fáctico?” (p.62).

Me aferro a Hannah Arendt para mantener un mínimo de sentido común por el que pueda orientarme en el mundo real: “La sensación de movimiento tembloroso y vacilante de todo lo que sirve de base para nuestro sentido de la dirección es una de las experiencias más intensas y extendidas entre las personas que viven bajo un gobierno totalitario” (p.70). Respiro hondo y sigo leyendo: “Solo el futuro está abierto a la acción. (…) Los hechos se afirman a sí mismos por su tozudez, y, de manera extraña, su fragilidad se combina con una gran resilencia. En su obstinación, los hechos son superiores al poder. (…) La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla.” El futuro pues, no está escrito; está en la acción. Gracias, Hannah.

Arendt, Hannah. (2017). Verdad y mentira en la política. Barcelona: Página indómita.

Foto: Albert Gea, Reuters, 1 Octubre 2017, Una mujer le enseña una papeleta electoral a un agente de la Guardia Civil en Sant Julia de Ramis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imágenes entrelazadas

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Foto de Boris Llona, Cappont, Lleida. 9:30 1, Octubre, 2017

¿Cómo analizar los millares de imágenes que ayer compartieron ciudadanos y ciudadanas de Catalunya  durante la jornada de referendum del 1-OCT? ¿Nos hicieron bien? ¿Ayudaron a soportar mejor el día o contribuyeron a aumentar los nervios y la incertidumbre? ¿Tuvimos una dosis de sobre-información? ¿Desinformación, quizás? ¿O al contrario, nos ayudaron a estar conectados con nuestros familiares y amigos, a informarnos directamente de lo que pasaba, a sobrellevar con humor la tensión en los colegios de votación, a reafirmar nuestra posición de quedarnos en casa?

El domingo vivimos una sobredosis de imágenes que tienen lecturas muy diferentes según el tono político de cada ciudadano y ciudadana y de cada contexto de recepción y circulación. Incluso las tremendas imágenes de cargas policiales y heridos suscitaron distintas lecturas. ¿Debe cada uno juzgar por sí mismo la gravedad del asunto? ¿Podemos banalizar lo sucedido? ¿Debe haber algún modo de trazar un límite colectivo de lo que es o no es posible en una democracia? Pienso que sí. Muchas de las imágenes de las cargas policiales muestran sin lugar a dudas una desproporcionalidad en el uso de la fuerza, rompiendo cristales y puertas de las escuelas, dando golpes y patadas innecesarias a personas mayores ofreciendo resistencia pacifica, disparando con pelotas de goma -prohibido su uso por las leyes de Catalunya-, hasta llegar a más de 800 heridos. Una desproporcionalidad también en el número de efectivos, ya que muchas imágenes nos muestran un despliegue excesivo de los cuerpos de seguridad entrando en poblaciones pequeñas. Independientemente de la legalidad del acto que se celebraba y de la percepción de su legitimidad por una parte u otra de la población, lo que las imágenes de las cargas policiales nos mostraron es sencillamente de vergüenza democrática. Sin más. Para muchos, la circulación de estas imágenes nos ayudó a convencernos, si cabía alguna duda, de que estábamos haciendo lo correcto: ejercer nuestra ciudadanía.

Sí, durante la jornada, la gente en Catalunya enviamos y reenviamos muchas fotos y videos desde nuestros medios para consumo propio entre amigos y familiares, para constatar que estábamos bien, para saber de primos y hermanos; el whastapp no paraba. Muchos también reenviaron y comentaron las imágenes de violencia policial en twitter o facebook con el convencimiento de que era una forma de hacer llegar al mundo lo que estaba pasando; en parte, para sobrellevar la sensación de indefensión, en parte, para contrarrestar la falta de información que se suponía que tendrían otras personas en distintos puntos de España, y en parte, con la esperanza de que la gente de Catalunya, España, de Europa y del mundo reaccionara.

Si bien es cierto que entre las imágenes que nos llegaban podíamos dudar de la veracidad de algunas y tuvimos que soportar momentos de sobresaturación, ya que la misma imagen nos podía llegar por tres o cuatro canales distintos, la circulación de imágenes supuso para muchos decididos a votar el redoblar las energías para defender sus centros, y para muchos indecisos o convencidos de quedarse en casa, decantarse por ir a votar y hacer las colas que fuera necesario. Otros quizás optaran por apagar el televisor y desconectarse de las redes.

Sin embargo, las imágenes de la brutalidad de las cargas policiales desde primera hora de la mañana contrastaban con las que nos llegaban de serenidad y tranquilidad en otros puntos; imágenes de largas colas bajo la lluvia, de gente que repartía vasos de chocolate entre los madrugadores, de padres de familia saliendo abrazados de las escuelas donde habían pasado la noche, y de jóvenes y mayores depositando su voto con caras de satisfacción, decisión y confianza. Muchas de estas imágenes transmitían alegría y felicidad. Nonagenarios con sus nietos, sonrientes y con una papeleta en la mano, selfies con famosos en las puertas del colegio, videos y fotos y más fotos…

Esas fotos de gente votando o haciendo cola tranquilamente, como cualquier otro domingo, como cualquier otra jornada electoral, confirmaban la tozudez, tenacidad y perseverancia de la gente. Muchos hacían circular y comentaban con orgullo las fotos de heridos en las cargas policiales yendo a votar así que salían del hospital, mientras que las imágenes sobre las argucias de algunos en el arte de esconder urnas y papeletas despertaban las sonrisas ante la capacidad de inventiva de la gente. Así, en ese entrelazamiento de imágenes de normalidad democrática, de represión policial, de solidaridad ciudadana, y de picaresca al más puro estilo Piolín, pasamos el domingo, sin perder nunca el humor. Ni la dignidad.

La imagen que encabeza este post es la que muchos señalan como la más emotiva de la jornada. La de un ciudadano abrazando a un mosso después de una carga policial en un pueblo catalán cuyo nombre no quiero olvidar. Se ve que los catalanes tienen la particularidad de elegir entre las imágenes de conflictos y situaciones de tensión, aquellas en que personas aparentemente contrarias o antagónicas se funden en un abrazo. Mi abuela me enseñó a poner la comprensión siempre por encima del entendimiento. “Niña -me dijo una vez mientras manteníamos una acalorada discusión política- no te entiendo, pero te comprendo” y nos fundimos en un abrazo que tampoco olvidaré nunca.

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El padre de Xavi -el niño fallecido en el atentado terrorista de Barcelona- y el imán de Rubí en una concentración de repulsa a la violencia, Agosto 2017.

mas

El abrazo de Artur Mas y David Fernàndez -de opciones políticas antagónicas conservadores y de izquierdas- después de la consulta del 9-N, Barcelona, 2014.

Es demasiado pronto para hacer un anàlisis académico de lo vivido, aún no puedo. De momento solo se me ocurre que lo mejor en estos días es practicar el “abracing”.