¿Un mundo en común?

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Esta propuesta tiene como eje central pensar la producción cultural en relación con la creación de públicos a partir del cuestionamiento de la figura del “prosumer” o consumidor-productor y entendiendo la “cultura participativa” como continuidad de la “cultura de masas”. Sostengo que el análisis de la producción cultural en las sociedades contemporáneas, al menos desde una perspectiva social y antropológica, no puede limitarse al análisis de los medios de comunicación social y sus representaciones, sino que debe extenderse hacia la comprensión del valor que damos a la cultura como forma de relacionarnos con las personas y las cosas  y de hacer un mundo habitable.

La “cultura participativa” aparece como una ruptura y como continuidad de la “cultura de masas” en el contexto de la digitalización de los medios de comunicación social caracterizado según Jenkins por un doble proceso de convergencia entre las industrias culturales y la creación vernácula -desde abajo (grassroots), por una parte, y la convergencia de medios entre industrias culturales o del entretenimiento, las industrias de comunicación y las nuevas industrias tecnológicas, por otro. Sin embargo, hay que tener en cuenta también otro tipo de convergencia: la producción de objetos digitales como bienes de consumo y como bienes culturales. Según Hannah Arendt, la sociedad de masas no quiere cultura sino entretenimiento, y las industrias culturales son parte de este engranaje que extrae de los bienes culturales productos para el consumo. Esta producción cultural para el consumo se diferencia de la producción de bienes culturales en que estos últimos trascienden las necesidades y funciones de la vida (comer, dormir, entretenerse), para generar contextos de vida; es decir, formas de relacionarnos con las personas y las cosas del mundo. ¿Cómo se articula esta última convergencia en la “cultura participativa” post-digital?

La llamada a lo post-digital  nos incita a pensar la materialidad digital como continuidad y no tan solo como ruptura, poniendo el acento en las relaciones y no solo en la tecnología, en la improvisación más que en la innovación, en lo cotidiano más que en la utopía, en nuevas diferencias y desigualdades más que en las promesas democratizadoras de la cultura digital. El post- nos lleva a un “después que”  en el que la “revolución digital” ya se ha producido y no era cómo esperábamos.

Mañana puedes ser tu

El documental me ha removido por dentro. A mi pesar, creo sinceramente que España está sufriendo un retroceso democrático que revela una estructuras de poder franquistas que no se disolvieron en la transición política, entre ellas, el Tribunal de Orden Público, creado para perseguir los delitos políticos, y el Ministerio de Información y Turismo, encargado de controlar la información, la censura de prensa y de radio. Cualquier opinión o expresión artística debía pasar antes de su exhibición por una censura previa para asegurar que sus contenidos no eran contrarios al gobierno y a su ideología. Cualquier persona que se manifestara en contra del gobierno o su ideología podía ir a parar al TOP, luego reconvertido en Audiencia Nacional, y en el cual siguieron muchos de los jueces franquistas de entonces.

El documental “Tijera contra papel” (2018) de Gerard Escuer muestra la reaparición de una represión ideológica por parte del Estado por vía judicial: eso es la judicialización de la política; la conversión de la disidencia política en un delito tipificado bajo la rúbrica de “terrorismo” o delito contra el Estado. Es el caso de los raperos que hemos visto en el docu, pero también, como he intentado explicar, el caso de líderes de movimientos sociales en el caso catalán. Se trata de la tipificación de la protesta ciudadana como delito de “rebelión”, así como la tipificación de un delito de “violencia” las “miradas de odio” de los manifestantes contra la policía que los golpeaba durante el referendum de autodeterminación celebrado en Catalunya el 1 de Octubre de 2017. Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, líderes de movimientos sociales, son acusados de sedición y rebelión por alentar a las masas a manifestarse pacíficamente contra aquello que no consideran justo (una orden judicial de registro a las dependencias de la Generalitat el 20 de Septiembre de 2017).

Entonces, cuando esto sucede en tu país, primero no te lo crees. No se trata de una burda represión policial o incluso de recurrir a al asesinato más vil de la disidencia por parte de cuerpos policiales o paramilitares, sino de que el poder judicial se convierte en una farsa al entender como delito cosas que antes (en la democracia) no lo eran…  como una manifestación callejera, una canción o una función teatral (y que si eran susceptibles de represión o censura durante el franquismo). Tipificar una canción como delito de “enaltecimiento del terrorismo”, condenar a una persona por un tuit hecho en broma, encausar a un payaso por ponerse al lado de la Guardia Civil con su nariz roja… o llegar a pedir 27 años de cárcel para líderes de movimientos sociales acusados de “golpistas” por llamar a manifestarse y a la desobediencia civil…. parecía impensable tan solo hace unos años. ¿Cómo está sucediendo? Es de suponer que existe una censura cuando la mayor parte de la prensa y los medios de comunicación nacionales aplauden de manera monocromática estas medidas, y se tienen indicios de que hay presiones, quejas, despidos y alguna ruina de carreras profesionales por su opinión incómoda. No estamos tan mal como en otros países, se puede decir,  en España no hay actualmente terrorismo de Estado, por suerte, aunque haya cloacas. Nadie puede justificar un asesinato. Pero si se puede justificar tranquilamente una condena de 27 años en un juicio aparentemente justo. De ahí la idea de que la judicialización del conflicto político no pone en cuestión la legitimidad del procedimiento. Pero el uso y abuso del poder judicial también corrompe a la democracia y pervierte la razón.

Entonces mi razonamiento es que la persecución judicial a raperos, titiriteros, tuiteros y lideres sociales no pueden considerarse cuestiones separadas, ya que la represión ideológica actual nos atañe a todas. “Mañana puedes ser tu”. La censura en el Estado español se extiende tanto a la izquierda como hacia la derecha que no conviene (aunque no se toca la derecha más fascista y reaccionaria); y se apunta y criminaliza tanto a los anarquistas obreros, como a los artistas raperos o a los burgueses capitalistas que sueñan con un futuro más próspero. Es decir, no importa que una causa nos pueda caer más o menos simpática, la represión política se extiende hacia cualquier tipo de disidencia, a través del control de la violencia policial y del uso del poder judicial, que, junto con la censura política, operan para ocultar, distorsionar o falsear la información de manera que se ajuste a “la realidad” que se fabrica y se pueda condenar a los “culpables” de disidencia bajo un manto de una justicia “justa y legítima” y en base a un consenso social amplio. La Audiencia Nacional se ha encargado tanto del caso de los raperos, de los tuiteros y de los titiriteros como de los líderes sociales y políticos independentistas, y recordemos que es un tribunal que procede directamente del TOP.

Si esta legitimación de la represión ideológica se extiende, la democracia a mi entender, corre peligro, y cualquier forma de expresión de ideas o valores puede convertirse en delito si no gusta… ¿A quién? A los que no se toca… busquemos a aquellos cuya ideología y acción política no haya sido cuestionada por la judicatura… aunque también haya hecho manifestaciones tumultuarias, cantado canciones directamente fascistas, amenazado a personas y colectivos en “broma”, etc.  Hay una parte de la actividad política que no ha sido criminalizada y goza de buena salud ¿Y cuál es esa? Lo dicho. Se trata solo de aplicar una observación empírica. Ir a los hechos.

 

 

Realidad y ficción: Una frontera cultural?

Hay que seguir… y seguiremos este nuevo año con una propuesta de colaboración entre mediacciones y Sala Beckett: teatro y antropología en un ciclo dedicado a la relación entre realidad y ficción en la contemporaneidad.

El dia 22 de Enero, a las 19 horas en la Sala Beckett, dialogaremos con Albert Sánchez-Piñol, quien más sabe de estas cosas; como antropólogo y escritor!

Toda sociedad se edifica sobre determinados imaginarios. El escritor es como el chamán, viaja fuera de su cuerpo, observa otras realidades, otros imaginarios y vuelve para explicarlo. Al introducir la fantasía, la ficción va más lejos que la realidad y puede decir verdades que los discursos de lo que es real esconden. El antropólogo, como el escritor, indaga en los imaginarios que mueven nuestras realidades.

¿La diferencia entre realidad y ficción se da en todas las culturas? ¿Qué aportan la antropología y la literatura a la comprensión crítica del mundo contemporáneo, de la postverdad y de la lucha por el relato, por el control del imaginario?

Albert Sánchez Piñol es antropólogo y escritor. Especializado en estudios de África, hizo trabajo de campo en el Congo, y en el marco de estas experiencias escribió su ensayo Pallassos i monstres (2000) sobre ocho dictadores africanos, y dos de sus primeras novelas, La Pell Freda (2002) y Pandora al Congo (2005), donde explora la relación de Occidente con el otro y la dimensión onírica de los procesos coloniales. Después de iniciarse en el género de las narraciones cortas con Tretze tristos tràngols, escribió Victus (2012), su primera novela en castellano y de género histórico, donde narra la historia de Martí Zuviría como ayudante de Antoni de Villarroel durante la Guerra de Sucesión, que continuará con Vae Victus (2015) por tierras americanas.

+ info:

Realidad y ficción: una frontera cultural?

Ciclo Nada es mentira: jóvenes y ficción en tiempos digitales 

 

 

extesis – postesis

Me reúno con mi compa Edgar en nuestro Pub habitual. Me reserva una sorpresa triple. Primero, y no por este orden de aparición, me regala un ejemplar de su libro recién publicado a partir de su tesis. Segundo, me muestra  su “capricho deliciosamente absurdo”… su blog tesis-antítesis (y antipasti, añadía yo), su “enchilada” escrita durante el proceso de realización de su doctorado, convertida en un precioso libro. Lo abro al azar… y ahí están los y las “compas” de sus vicisitudes de “tesista” atolondrado (solo a él se le ocurre resbalar y dislocarse un hombro ante la Sirenita…)… 6 años de trabajo y de sueños. Estoy contenta porque me parece una bonita forma de cerrar una etapa y empezar otra como investigador que se ha ganado el puesto por sus propios méritos.

La tercera sorpresa es inmaterial y es el ofrecerme (entre Murphy’s y Murphy’s)  la memoria de estos años de esfuerzo por conseguir tirar adelante un grupo de investigación. No es fácil. Se cometen más errores que aciertos. Pero aunque “ens ha costat Deu i ajuda arribar fins aquí” (Corranda de Manels) mediaccions sigue siendo un colectivo  de gente apasionada por la investigación, de eso no me cabe la menor duda.

Gràcies per la birra, Edgar, i que els bons records ens alimentin els futurs!