perdidos en la tribu: un cuento que se repite…

TV - Perdidos en la Tribu - 05.09

… hasta la saciedad!! No sé si reír o llorar ante el tamaño disparate del nuevo reality show de la Cuatro, Perdidos en la Tribu. Me perdí el estreno del programa, pero con los videoclip he tenido más que suficiente para confirmar todos mis temores. Tanto, que no sé por dónde empezar. Quizás reproduciendo una parte del artículo sobre humor y cine etnográfico que acabo de publicar y que justamente hablaba de este programa de factura holandesa (eyeworks) Ticket to the Tribes, y que ya ha pasado, espero que con más pena que gloria, por otras cadenas de televisión europeas como la holandesa  con ‘Groeten uit de rimboe‘ -saludos desde la selva- , la bélga  con  ‘Toast Kannibaal‘ o la noruega y que se ve que tiene la secuela THE TRIBES ARE COMING! con la visita de vuelta de las “tribus” a las familias europeas.

El encuentro cultural vende. Una prueba de ello es el turismo de aventura que algunas agencias especializadas ofrecen a sus clientes y que consiste en prometer una verdadera experiencia de encuentro cultural con “tribus” ignotas, asunto que explora el documental de la BBC4 First Contact (2006) presentado Mark Anstice, y en el que  pondera el dilema ético que supone este tipo de expediciones, tanto si es cierto que realmente contactan con personas que no han sido todavía “contactadas” o con pueblos que evitan voluntariamente el contacto,como si se trata de un montaje. Otro ejemplo reciente lo encontramos en nuevos formatos de reality-show como el que estrena en 2009 el canal de televisión Cuatro, Perdidos en la Tribu (…) . El experimento cultural se propone en la página web de eyeworks como una manera de conocer de primera mano la experiencia de vivir en otra cultura y así poder contrastar los estereotipos en torno al “primitivo”. Sin embargo, la propaganda de la nueva serie lo que hace es precisamente reafirmar el estereotipo al presentar el programa como un reto para las familias europeas, que van a dejar “las comodidades de la civilización” para adentrarse en un modo de vida “primitivo” para “comprobar cómo se desenvuelven en un entorno salvaje, a miles de kilómetros de sus casas, dentro de una comunidad muy alejada de la civilización occidental” (y cito literalmente la propaganda de Cuatro). Además, el grado de adaptación será juzgado por sus anfitriones y el premio en metálico dependerá de la nota que obtenga toda la familia. “¿Qué? ¿Tiene o no tiene su miga? Más vale que le den un tono humorístico.” –Dice sobre el inminente estreno un comentarista en el blog vayatele.

Por qué seguimos insistiendo en el tópico del  “civilizado que va al encuentro de primitivo”? Qué ganamos con reproducir este estereotipo propio de un modelo cultural decimonónico y perverso? Diversión? Parece que es eso.

Adam Kuper (1988) data entre 1860 y 1870 la aparición de “la sociedad primitiva” como objeto de estudio antropológico y se muestra sorprendido no sólo por su rápida implantación, sino por su persistencia dentro y fuera de la disciplina. Kuper habla de “la sociedad primitiva” como un “prototipo”, en el que se condensa un conjunto de estereotipos relacionados con la naturaleza y la explicación del origen de las desigualdades humanas en el imaginario de la modernidad.

El humor que surge a través del encuentro cultural se articula a partir del juego con los propios límites culturales y se establece a partir de distintos mecanismos de yuxtaposición, inversión y exageración. En su base está, la mayor parte de las veces, el contraste humorístico entre el par de opuestos “primitivo”/”moderno” y “salvaje/”civilizado”. Las coordenadas del encuentro cultural se trazan mediante la identificación del pueblo pretendidamente  “encontrado” y lejano geográficamente con el imaginario de la máxima distancia cultural; donde termina el orden social y empieza el orden de la naturaleza, produciendo así una máxima tensión cultural: del lado del sujeto de conocimiento, la civilización y el refinamiento; del lado del sujeto representado, el salvajismo y la barbarie, pero también, el paraíso perdido, el contacto con la naturaleza, la autenticidad. Todo ello se refuerza por la presentación factual de rasgos culturales extremos en la cultura representada, como las alusiones a la práctica del canibalismo o la poligamia.

Lo primitivo se construye como el alter ego de la modernidad. De este modo, se agrupa dentro de la categoría de “primitivo” a una gran variedad de culturas contemporáneas a las cuales se les atribuye un conjunto de cualidades comunes –atemporales, cerca de la naturaleza, etc.- frente a otro conjunto de una gran diversidad cultural que se agrupan también bajo un mismo denominador común: la modernidad -civilización, artificio y progreso tecnológico. La diferencia cultural se define como distancia cultural a partir de categorizar a las culturas comparadas en uno y otro polo del estereotipo. La diferencia cultural así construida se mide entonces por el baremo de su proximidad o alejamiento entre estos dos polos antagónicos. Esta asimilación de la diferencia cultural al contraste de estereotipos oculta y dificulta otras propuestas de entender la diferencia y las semejanzas culturales a partir de elementos de comparación concretos e identificables. No ayuda, en definitiva a una comprensión intercultural, sino que abunda en mantener el estereotipo colonial que parecía ya extinto.

La falsa diferencia cultural así escenificada mediante la imagen de la distancia geográfica y la ilusión de la ausencia de un contacto previo permite la aparición de elementos cómicos derivados de la incongruencia, al utilizar por ejemplo, los objetos de una forma inadecuada, sorpresiva y surrealista. El humor está servido a partir de transferir prácticas culturales de la “civilización” a los pueblos “primitivos” o viceversa, para ver como ambos reaccionan.  No voy a citar aquí los numerosos ejemplos de documentales de aventuras exóticas y  “encuentros culturales” que se narran en esos términos y las bromas repetidas hasta la saciedad sobre los  “primitivos” que quieren casar a sus mujeres con el explorador, que prueban la comestibilidad del hombre blanco o que se escandalizan con los artilugios de la civilización moderna, como en los documentales de los Johnson en África o de Lewis Cotlow en las selvas amazónicas. Pero sí que hay que señalar es que detrás de todos estos documentales hay un montaje y una ficcionalización que esconde los términos reales del encuentro cultural y que endulza la mirada colonial del hombre blanco moderno con una risa ingenua.  Un ejemplo de ello es la famosa película Los dioses deben estar locos, realizada en los años 80 y que contrapone unos bosquimanos felices viviendo en una cultura inmemorial frente a la civilización moderna, eludiendo las condiciones de vida reales de los !kung en el mismo momento y lugar del rodaje de la película, hacinados en reservas y trabajando para el gobierno sudafricano del apartheit, un grupo étnico que curiosamente aparece de nuevo disfrazado de “primitivo” y acogiendo a las familias españolas, reproduciendo las mismas bromas que en la película, como si no hubiera pasado el tiempo!

Y parece que siguen consiguiendo los efectos perseguidos a la vista de las primeras reacciones como en el blog de 20 minutos, donde blogero y comentaristas  se parten de risa ante la estupidez de la situación, aunque entre ellos hay la voz de un antropólogo que clama en el desierto y los advierte de su etnocentrismo… y por suerte también hay espectadores bloggeros que, sencillamente, no pueden dejarse engañar y que no se pueden reir ante tamaño artificio. De todas maneras, y antes de caer en la tentación de engancharse al programa, recomiendo como antídoto o vacuna para la risa tonta el visionado de Cannibal Tours de Dennis O’Rourke.

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