efecto youtube

Recojo otra noticia sobre youtube en El País. Bueno, de hecho son varias. La primera es sobre “el efecto YouTube”, que analiza la presencia en Youtube de otras cosas a parte de tonterías, como el video tomado por un alpinista en el Tibet al ser testigo de lo que parece una ejecución de civiles en esa región por parte de soldados chinos. Youtube pues es un medio de denuncia social y de voces críticas y alternativas, de conocimiento e información que no siempre llega por otros medios. Esta noticia se opone a la anterior de Llàtzer Moix en La Vanguardia sobre la frivolidad de este nuevo medio, aunque señala que el problema es como cribar la verdad de la mentira. Además, ya no sabemos qué es frívolo y qué espeluznante (sí, acabo de ver el video de la ejecución de Sadam, el efecto de la gravedad, en YouTube claro). El otro artículo recoge una sentencia de la justicia de Brasil para el cierre de este sitio a raíz de la publicación de un vídeo de la ex de Ronaldo… y seguimos. Además se ha abierto un foro en este mismo periódico online sobre si Youtube tiene un efecto democratizador de la información… voy a verlo!

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el último reto de la cultura

Sigo con Youtube, está despertando pasiones en un buen número de periodistas que se hacen eco de este “nuevo fenómeno cultural” o social, depende de como se enfoque la cosa. Esta vez es Llàtzer Moix en el artículo de La Revista del domingo 31 de diciembre (que no està online sino es previo pago o micropago, por eso, me remito a un pequeño extracto traducido por profeTIC). Empieza el artículo estableciendo la división que tanto le gusta a Adolfo (jeje) y que hizo trinufar el libro de Sherry Turkle: la vida real/la vida en la pantalla (o delante de la pantalla, el autor del artículo lo equipara, yo no sé si debería). El escrito también se hace eco de la utopía asociada a la vida virtual, pero asociándola a una vida frívola, ya que se aleja de la “vida real”, esa cruda realidad llena de atentados y fanatismos, paralela a la divertida vida en la pantalla. Cito un fragmento del final: “(…) ¿Significa todo ello que hemos alcanzado un grado de desarrollo cultural suficiente como para entregarnos de pleno a la diversión videogáfica? Quizás sí. O quizás no. En el 2006, mientras milones de jóvenes ciudadanos compartían fragmentos de vida virtual en YouTube -o en otros exitosos foros de interrelación visual, como MySpace-, la vida real seguía presentando aristas cortantes (…). La vida virtual crece. Pero la vida real, con todas sus rémoras, con sus deficiencias culturales, se niega a desaparecer.” También nos habla del “retorceso de la palabra escrita, pese a la proliferación de blogs y bloggers”, oponiendo el mundo de la imagen al mundo de la palabra -más culto y sensato, parecería dar a entender, que el “expansivo y atomizado neouniverso de la imagen”-. Y destaca que la revista “Time” haya escogido como persona del año un anónimo “Tú” equivalente a cada uno de los humanos con conexión a Internet. Internet democratiza el control de la información y la producción cultural… pero esta producción cultural parece ser insustancial: futbol, sexo y rockandroll… la impresión al leerlo es que aquí opera otro doblete de contrarios: baja cultura frente a alta cultura; cultura popular versus cultura realizada por los verdaderos profesionales de la cultura. ¿De qué sirve que cualquier persona se convierta en emisor de contenidos audiovisuales a todo el mundo? ¿Qué transformación cultural supone esto? Estoy de acuerdo con Llàtzer Moix de que es un reto para cualquiera intentar dar sentido a este nuevo fenómeno de comunicación de masas. Sin embargo… ¿Cómo hacerlo? ¿De qué herramientas disponemos? ¿Por dónde coger la cosa? ¿Sirve analizarlo en función de su cara positiva -democratización- y su cara negativa -frivolidad-? ¿Son esas sus caras? ¿Hay más? ¿Por qué no aceptar de una vez que los chismorreos son parte también de la cultura -sin distinciones ni altas ni bajas-? Esto me recuerda al artículo de Mayans sobre la banalidad en los chats de Internet. Es cierto que en mi trabajo de campo participé en muchos chats de lo más banal, pero también me ví enfrascada en sesudos debates filosóficos. En la red hay de todo, como en botica, y un análisis de polaridades de este tipo nos soluciona, a mi entender, bien poca cosa. Eso sí, nos deja perplejos (de momento lo dejó aquí).

memes

Edgar me pasa la cadena de un meme que se titula algo así como “cinco cosas que no sabes de mí”. La primera es que nunca me han gustado las cadenas. Ya de pequeña cuando recibía una la rompía sistemáticamente y más si prometían que al quinto dia de enviar las cinco cartas te pasaría algo maravilloso. La segunda es que siempre he desconfiado del concepto de “meme” que se ha asociado a algo así como un “gen cultural”. La idea es sugerente, pero cuando se ponen ejemplos de “memes” como por ejemplo de meme exitoso la idea de Dios, se me erizan todos los pelillos antropológicos que me quedan!! La tercera es que, sin embargo, me fascina el llamado “marketing viral”. La cuarta es que me encanta romper mis propias normas y a veces sigo la cadena cuando me cae simpática o cuando voy muy necesitada de que me ocurra algo maravilloso. La quinta es que me hace mucha ilusión que Edgar me haya enviado este meme, pero por mi parte, no se lo voy a pasar a nadie más.

consumo solidario

En estos días navideños hay un tipo de publicidad que me llama la atención: la publicidad para el consumo solidario. Hay anuncios televisivos alucinantes. Uno de ellos (con Boris Izaguirre de prota) nos dice que si nos apuntamos a un banco, además de los beneficios que obtenemos, ayudamos a un programa de vacunación. Otro, por la compra de un boli, colaboramos en un programa de regalar juguetes a niñas del tercer mundo. Otro, directamente dice que por 12 euros salvamos una mujer parturienta. Así que mirando por nuestros intereses, consumiendo sus productos, somos solidarios!! (lo dejo ahí, por ahora)

los medios dicen

En El País de esta mañana he encontrado una reflexión sobre Youtube como fenómeno social. Todos somos astros en la red plantea qué valor económico pueden tener un montón de vídeos caseros y piratas colgados en la red. ¿Está pagando Google por el “contenido generado por el usuario” o por una red social de producción y consumo? Es decir, el valor económico de productos como este se contabiliza a partir del valor de los contenidos o del valor de las prácticas? El autor del artículo duda en clasidicar a los usuarios como productores culturales y prefiere utilizar el término “expresión personal” para referirse a estos contenidos. Pienso que esta terminología limita el sentido de las prácticas mediáticas en Internet y mantiene una jerarquía entre productores culturales “de verdad” -dirigidos hacia y por las industrias culturales- y productores culturales “caseros” o casi-productores, ya que producen expresiones personales o realizan autoproducciones caseras sin método ni calidad artística o profesional. Yo también en un principio había dado valor a estas producciones precisamente por ser caseras y autoproducidas, en la idea de Sol Worth de que estudiando estas producciones podría saber algo de la cultura que las crea y utiliza.

La misma idea de “alta” y “baja” cultura la encontramos en otro artículo sobre Internet esta vez en La Vanguardia. En La tele se mira en Internet, La red cambia las reglas del juego televisivo, Martín Zuriaga cita a Joan Álvarez, director de la Fundación para la Investigación del Audiovisual, que nos dice que Internet se consolida como un canal de distribución, pero “la televisión se va a mantener como la pantalla principal que permita crear los mejores conceptos, marcas y valores que circularán después por otras pantallas secundarias“. Me hace sonreir tal afirmación si valoro según mis gustos “elitistas” la mayor parte de los programas actuales de televisión. Además, por lo poco que sabemos del circuito de la cultura, lo que observamos en todo caso es una retroalimentación mútua. Es decir, la pantalla “grande” se alimenta también de las pantallas pequeñas y las industrias mediáticas ya estan viendo en Youtube una nueva mina de reclutamiento de estrellas, aunque sean fugaces, que llenen de “contenidos” las grandes pantallas y los papeles de las revistas, periódicos, magazines…