Colaboraciones etnográficas


Después de nuestro seminario sobre colaboraciones experimentales me quedé pensando en la de cosas que quedaron en el tintero.  Tomás Sánchez Criado y Adolfo Estalella presentaron su introducción a un libro que están editando sobre este tema y se generó un debate intenso. La etnografía puede definirse de muchas maneras, la más tradicional es la de una “descripción teóricamente orientada de una nación, pueblo, grupo social…” o en términos de Geertz una “descripción densa”. El término etnografía implica, a la vez, una mirada (epistemología), un método (trabajo de campo) y un producto (monografía). Eso también se explica así en muchos manuales. Como método es un camino. Un camino que, en el caso de la etnografía, se hace con otros.  Este “ir con otros” supone aprender de los otros lo que tienen que enseñarnos, y por tanto, la etnografía es un camino hacia el conocimiento “otro”.  Camino que a veces se ha representado como laberinto (ver por ejemplo Paco Ferrándiz, 2011).

Entendí que la idea raíz de su propuesta es entender este camino hacia  “lo otro” no a partir de la técnica nuclear de la observación participante (observando y participando en sus vidas como uno más), sino a partir de la noción de colaboración experimental (o exploratorio). Es decir, de aprender de los otros colaborando con ellos y hacerlo de un modo exploratorio (y experimental). Eso implica observar lo que hacen y participar de lo que hacen de un modo que sea productivo, interesante, enriquecedor -o lo que sea- por ambas partes, que permita a ambas partes participar de una exploración abierta -que no tiene límites definidos- y de forma experimental -porque el resultado en su conjunto, como relación, es incierto. Sería pues entender la observación participante como una forma de enredar al otro en la experimentación de una búsqueda conjunta. De enredarse con el otro en la creación de un contexto de investigación.

La parte de “colaboración” y los distintos modos de colaboración se trata desde hace tiempo en el cine etnográfico -por lo que yo sé y hasta dónde sé- como una parte fundamental de las relaciones en el campo, pero no como una técnica de investigación por sí misma. El modelo de colaboración marcará sin duda la forma final del documental y también el conocimiento generado, pero no se ha conceptualizado como una técnica de investigación equiparable a la observación participante. Entonces, pareciera que la propuesta metodológica del seminario es incluir  la -al menos cierto modo de- colaboración como “técnica” productiva. Se aprende “en” la colaboración. O bien, como ya he sugerido, reconfigurar la observación participante como colaboración experimental. 

Esto sucede especialmente, nos dicen, cuando el trabajo de campo se produce en entornos de producción de un conocimiento “experto” específico, como pudiera ser el caso de entornos científicos o de experimentación artística, o de filósofos activistas o de diseñadores críticos y reflexivos…  dedicados a la producción de saberes y dónde se da una cierta afinidad de intereses y de técnicas que pre-dispone a la colaboración. Esto me produce cierta perplejidad. Por una parte y por ejemplo, el hecho de que las prácticas de documentación y registro de un periodista puedan ser muy parecidas a las del etnógrafo, eso no inhibe al etnógrafo de su tarea de documentar y registrar las prácticas de un periodista, utilizando las mismas herramientas incluso -ordenador, cuaderno de notas, cámara, etc. y aunque su estilo narrativo o su expertise fotográfico no sea de la misma calidad. Y puede darse una colaboración en la investigación en el sentido de que el periodista se enrede en la investigación del etnógrafo y viceversa estableciéndose un partenariado o una investigación conjunta. Por otra, esta colaboración puede darse también en otros contextos, por ejemplo, entre xamanes y etnógrafos, donde el conocimiento experto del xaman puede enredarse productivamente en una investigación conjunta, aunque las técnicas y saberes sean muy distintos entre ambos. En estos casos, los participantes en una investigación pueden llegar a implicarse con los objetivos del etnógrafo de una forma que puede llegar a la co-autoría.  Otra cuestión es la formación de equipos interdisciplinares y el aporte que el etnógrafo pueda proporcionar al equipo. El etnógrafo puede encontrarse en estos casos con que está creando las condiciones de la realidad que estudia, contribuyendo a producir el campo del cuál es parte, interviniendo en la formación de su objeto de estudio. Que los resultados de su investigación sean muchos más que una monografía o artículos académicos (una película, una exposición, un programa de rehabilitación, una aplicación informática). Pero, insisto, eso puede ocurrir también en otros campos aparentemente más tradicionales.  De una forma o de otra, el etnógrafo es co-creador de las realidades que estudia e interviene en su devenir de una forma duradera.  Estas cosas se aprenden en el campo. Se aprenden en la antropología aplicada. Quizás ahora cuando parece que se borran las líneas divisorias entre la antropología aplicada y la académica, podamos por fin conceptualizar estas cosas que nos pasan de una forma más adecuada y dinámica. En todo caso, la etnografía no puede reducirse a la técnica de la observación participante, ni la descripción etnográfica puede igualarse a la documentación y el registro detallado.

 

 

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